Ciencia y Biología

GORILAS EN EL ÉBOLA

Gorilas en el Ébola
Luis Miguel Ariza 18/5/07.Publicado en el suplemento EP(S), de El País.

El parque nacional de Ozdala, en el corazón del Congo, es una extensión de bosque tropical que cubre más de 13.200 kilómetros cuadrados y que constituye uno de los ecosistemas más misteriosos e impenetrables. “Si no tienes el camino hecho, te puede llevar hasta cuatro horas avanzar 500 metros”, dice José Domingo Rodríguez-Teijeiro, catedrático de biología de la Universidad de Barcelona. “Es como andar por un corredor en el que sólo puedes ver un metro por delante y otro por detrás”.
Cincuenta kilómetros al suroeste del parque se localiza una región llamada Lossi. Con una extensión de unos 320 kilómetros cuadrados, el lugar acumula una concentración tan excepcional de gorilas que no se da en ningún otro lugar del mundo. Y es en este mundo de penumbra donde el equipo de Rodríguez-Teijeiro, liderado por la antropóloga Magdalena Bermejo, viene denunciando una matanza sin precedentes: más de 5.000 gorilas de llanura (Gorilla gorilla gorilla) podrían haber sucumbido ya al zarpazo del virus Ébola, el organismo más letal que se conoce, según afirman en el estudio más reciente publicado en la revista Science. Se calcula que quedan unos 94.000 de estos animales. De acuerdo con otras estimaciones procedentes del Instituto Max Planck, el Ébola y la caza furtiva podría haber acabado ya con el 25% de los ejemplares. “Lo que está haciendo el virus es atacar a las poblaciones grandes”, explica Peter Walsh, antropólogo del Instituto Max Planck. “La mayor parte de todos los que hay en el mundo se concentran en una zona donde la gente los mata para comer, por lo que el virus y la caza pueden colocarlos en un estado de extinción ecológica”. Un escenario plausible en las siguientes décadas, que presenta a los gorilas en poblaciones de unos pocos individuos, que requerirían de vigilancia y continuas intervenciones médicas para que no desaparecieran: un parque zoológico en plena selva.
Las primeras sospechas sobre la acción destructiva del Ébola en estos primates se remontan al año 2000, cuando científicos del Centro Internacional de Investigaciones Médicas de Franceville (Gabón) confirmaron mediante exámenes genéticos la presencia del virus en seis cadáveres, cuatro de gorilas y dos de chimpancés. En esa ocasión, el Ébola surgió de la selva y acabó rápidamente con la vida de cien personas. Estos zarpazos a las poblaciones humanas, intermitentes y mortíferos, suelen relacionarse con el hallazgo de carcasas de grandes monos. “Sabíamos que esto podría ocurrir desde hace al menos 10 o 12 años”, explica Walsh. “Lo que la gente discutía entonces era que el Ébola no estaba matando a muchos animales, por lo que decían: ‘No tenemos de qué preocuparnos’. Nosotros venimos a decir que sí, que la matanza es grande”. Los análisis genéticos pueden ser sólo la punta de un iceberg, precisamente porque en un lugar tan inextricable como Lossi, tropezarse accidentalmente con un cadáver de gorila mientras uno se abre paso con una visibilidad tan reducida, resulta algo excepcional. “No lo encuentras, a menos que la carcasa sea reciente y la detectes por el olor a carne podrida”, explica Rodríguez-Teijeiro.
A las dificultades impuestas para realizar más análisis se suma otra: si la carcasa está infectada, manejarla con las manos desnudas resulta un suicidio; algunas variantes del Ébola han matado a nueve personas de cada diez que infectan. “La probabilidad de contaminación es de un 100%”, afirma Rodríguez-Teijeiro. Por eso, los virólogos que toman muestras tienen que enfundarse un traje de protección bacteriológica dotado de aire propio en un ambiente sofocante, con 25 grados de temperatura y una humedad altísima. De esta manera, realizan una autopsia en medio de una naturaleza salvaje. Las máscaras se limpian a fondo una vez hecho el trabajo. Con el Ébola, nada puede dejarse al azar.
Bermejo lleva observando a los gorilas desde 1994, acostumbrándolos a la presencia humana, dentro de un proyecto del programa ECOFAC (Conservación y Utilización Racional de los Ecosistemas Forestales de África Central), para incentivar el turismo ecológico en la región. Es un trabajo lento y difícil. “Hay que tener paciencia, y estar quieto, sobre todo al principio”, explica Rodríguez-Teijeiro, describiendo las experiencias de su colega. “Ella ha tenido la valentía de aguantar el ataque de un espalda plateada, 200 kilos de musculatura, a medio metro, mientras el macho produce unos alaridos espantosos y muestra sus grandes incisivos. De ahí el apodo de dama de hierro con que se la conoce”. Este tipo de ataques pone a prueba los nervios del observador, hasta que los animales se habitúan a su presencia.
Aparte de los estudios de comportamiento, el programa de ECOFAC quiere rentabilizar una de las zonas más ricas en gorilas del planeta. Las sumas dejadas por los turistas, que ansían contemplar y fotografiar a estos extraordinarios animales en sus nidos, pueden resultar más ventajosas para los habitantes de las aldeas cercanas a Lossi que ceder a la tentación de matar a los primates y malvender carne de gorila en los mercados. Lossi es precisamente un santuario (reserva natural de fauna desde 2001) debido al respeto local que infunden estos animales; los lugareños piensan que el gorila es mucho más que un animal, que tiene algo así como alma.
El Ébola ha irrumpido en el proyecto de forma desastrosa. Los gorilas a los que Bermejo se ha ido aproximando con lentitud para ganarse finalmente su confianza se han desvanecido casi de la noche a la mañana. En el otoño de 2002, la epidemia se propagó hasta el límite este del santuario, y pareció detenerse en los márgenes del río. El equipo español observó entonces que varios grupos de gorilas habían sobrevivido, quizá por algún tipo de inmunidad natural, lo que alimentó las esperanzas para reemprender el programa. Fue un respiro pasajero. El virus continuó su expansión, esta vez hacia el sur, y en enero de 2004 eliminó a 91 de los 95 individuos reconocibles por el grupo de españoles. Los dos años siguientes cuentan una historia pesimista; el equipo de Bermejo cree que el virus ha limpiado de gorilas una zona de 2.700 kilómetros cuadrados.
La historia del Ébola en las poblaciones de gorilas y chimpancés corre paralela a los inexplicables zarpazos que el virus ha asestado a las poblaciones humanas desde que, en 1976, apareció en el Congo (el antiguo Zaire), en las riberas del río Ébola. Popularizado en la obra de Richard Preston La zona caliente, el virus destroza tejidos y vasos sanguíneos, provocando fiebres, dolores intensos de cabeza y vómitos. La persona infectada puede exhibir un color rojizo en los ojos y vomitar una especie de esputo sanguinolento. Preston describe de forma dramática algunos de los síntomas: “Empezó a parecer un zombi”.
El Ébola ha matado en África a más de 1.200 personas en un cuarto de siglo, de acuerdo con la OMS (Organización Mundial de la Salud); una cifra que, estadísticamente, es una gota en la mortalidad ocasionada por otras enfermedades tropicales, como la malaria (entre uno y cinco millones de muertes anuales), las infecciones respiratorias (más de cuatro millones), la diarrea (2,2 millones) y el sida (3 millones). Lo cierto es que, al tratarse de un “virus caliente”, con una letalidad muy alta en los humanos ?entre el 41% y el 100%?, la atención que despiertan los brotes de Ébola desplaza a menudo a los otros grandes matadores, menos espectaculares, aunque siniestramente más eficaces.
Las reacciones que causa el Ébola cuando irrumpe en las pobres aldeas africanas cristalizan en una palabra: terror. Al principio sólo es un dolor de cabeza que no desaparece con los analgésicos. Luego, tras una incubación extraordinariamente variable, entre 2 y 21 días, sobrevienen las fiebres y hemorragias, y la irrupción de la enfermedad es rápida y mortífera.
El patrón suele ser el mismo. Una partida de caza termina con el hallazgo de una carcasa de gorila o chimpancé infectado. Alguien lo toca, se pone enfermo y queda bajo el cuidado de la mujer en su casa. Más miembros de la familia mueren, cunde el pánico y se produce una desbandada. Si el virus ya no tiene a quien matar, el brote queda extinguido. Si alguno de los familiares llega al hospital local, contagia el virus a otras personas en la sala de espera, que retornan a sus aldeas recorriendo decenas de kilómetros a pie, extendiendo la epidemia. En las fases más virulentas de ésta, la gente simplemente abandonaba aterrorizada a sus familiares que agonizaban, o dejaban cartas en los hospitales con instrucciones de quemar sus casas y los cuerpos de sus seres queridos.
Lo que sigue trayendo de cabeza a los investigadores es el misterioso reservorio natural del virus, qué animal lo porta sin sufrir la enfermedad. La alta mortandad que ocasiona en los grandes primates los descarta de un plumazo. Algunos estudios apuntan a ciertas especies de murciélagos frugívoros y sus cuevas como los focos iniciales de transmisión, aunque no existe certeza… Aún.

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